viernes, 8 de abril de 2016

El error de Panamá

Miles de millonarios aparecen en un listado que les compromete seriamente.

 
 
 
El mundo comete cada cierto tiempo el error de no tomarse en serio a Panamá, y Panamá el no tomarse en serio a Estados Unidos. Quizá todo empezó con el problema de que Panamá se independizó de Colombia y Colombia no se enteró hasta pasados varios meses. Puede que ahí empezara todo.
 
Panamá decidió como país relativamente soberano entrar en el mundo haciendo cosas no del todo a gusto de los países más serios, pero sí a beneficio de algunos flecos de la economía del norte de América. Había una enorme cantidad de barcos que llevaban su bandera por el mar. No pagaban, gracias a eso, un montón de impuestos. También tenía una legislación que permitía instalarse allí a muchas sociedades a las que no les gustaba, vaya usted a saber por qué, pagar al fisco de su país.
Una vez Panamá, después de que un militar halagado por García Márquez, el coronel Omar Torrijos, hiciera unas cuantas machadas, recuperó la llamada “zona del Canal” para la soberanía nacional. El sucesor de Torrijos, el también coronel Manuel Antonio Noriega, se creyó que la soberanía nacional y el lucro personal, a través del tráfico de drogas, eran también posibles siendo muy machito ante Estados Unidos. Noriega buscó la simpatía de la izquierda mundial, pero algo olía mal en lo suyo, y acabó preso de por vida, pagando una parte de sus espantosos crímenes, y dejando detrás de sí la vida de muchos inocentes y una buena parte del país.
 
Panamá volvió a ser un gran negocio explotando la ampliación de su canal que comunica dos océanos, y otro que es el de ofrecer seguridad a capitales oscuros, con la condición de hacerlo moderada y discretamente. Hay que ser justo con Zapatero. Él les hizo que firmaran un acta por la que se comprometían a ser más transparentes.
 
Ahora miles de millonarios aparecen en un listado que les compromete seriamente. También hay españoles en la lista. Y se ha desatado una histeria mundial por conocer los nombres de todos ellos y pedir a Hacienda que les cruja. Algunos se defienden ofendidos.
 
Y yo me pregunto, ¿es que no puede uno un jueves por la tarde crear una sociedad en Panamá sin que Hacienda le dé la lata?
 
El País

Paraísos fecales

De Olegario y El Albondiguilla, al verdadero Austin Powers; los papeles de Panamá mezclan la vergüenza y la impunidad con los episodios grotescos.


Rubén Amón

La gravedad del escándalo Panama Papers como cuarto oscuro de las democracias —y de las tiranías— no contradice la proliferación de pasajes estrafalarios, tragicómicos. Entre ellos, que Oleguer Pujol aparezca como Olegario en sus propias sociedades offshore, significando que es muy catalán para cantar Els segadors y muy español, Olegario, para perpetrar la evasión y el blanqueo de dinero.
 
No conmueve especialmente que la familia Pujol hubiera incluido a Panamá en su exhaustiva ruta de paraísos. Es más, el directorio enciclopédico de los turistas fiscales aporta cierto esnobismo y cosmopolitismo a sus protagonistas, una hermandad de ciudadanos especiales, una sociedad de privilegiados que veranea el dinero en los refugios de ultramar porque siempre es verano en las playas de Belice.
 
No, no se es persona si la proyección de los asuntos personales no alcanza a la apertura de una sociedad offshore en el Caribe, aunque la aparición de El Albondiguilla, sobrenombre del exalcalde de Boadilla (PP), ha sustraído cierto glamour a la clientela heterodoxa de Mossack-Fonseca. Tan heterodoxa que aparecen Jackie Chang, el verdadero Austin Powers —llegó a pensarse que era un seudónimo— y los allegados de la familia Le Pen. Una contradicción patriótica que Marine podría aprovechar para cambiar La Marsellesa por el himno de Panamá.
 
"El paraíso en la otra esquina", escribió Vargas Llosa. O Mario Llosa. Que es la fórmula fragmentaria con que aparece el escritor para instalarse ocho semanas y media en las Islas Vírgenes. Fue muy poco tiempo, dice el Nobel. Y añade que la culpa fue del asesor, cuando no del chá, chá, chá, tal como desprende la protección que Agustín Almodóvar ha ejercido sobre su hermano, haciendo suyo el escarmiento social al cineasta.
 
Le ha malogrado el escándalo la promoción de Julieta, aunque estos pormenores domésticos representan una anécdota respecto a la sobre población de magnates y de líderes políticos en las sociedades offshore. Estamos aprendiendo inglés y mucha geografía gracias a la corrupción —¿ubicaría usted en el mapa la isla Niue?—, como estamos asimilando la antigua sospecha de la discriminación fiscal.
 
Y no porque aparezcan en los papeles Vladimir Putin, un sátrapa catarí o las concubinas del presidente chino, ejemplos indisimulados de la corrupción, sino porque la lista megalómana intoxica la dignidad de las democracias consolidadas. Toleran y encubren la vergüenza de los paraísos, incluso forman parte de ellos.
 
El caso del primer ministro islandés resulta elocuente al respecto. Elocuente y acaso premonitorio, sobre todo si la clase gregaria, subordinada, maltratada de los testaferros, se aviene a colaborar con la justicia para despejar las incógnitas.
 
La X, por ejemplo, ocultaba en Panamá la identidad de Pilar de Borbón. Lo ha reconocido la hermana del Rey, y la tía del Rey al mismo tiempo, pero no tanto para disculparse de la prebenda como para recrear el desdén aristocrático entre los plebeyos: Y, ¿qué pasa?

miércoles, 6 de abril de 2016

Cloaca Máxima. PAPELES DE PANAMA

En los papeles de Panamá no hay solo dictadorzuelos corruptos y autócratas disfrazados de hombres de Estado sino demasiados demócratas y demasiadas democracias.

 
 José Ignacio Torreblanca

Todo Imperio necesita un cloaca. La globalización, que no es sino la versión posmoderna del Imperio Romano, no podía ser diferente. Gracias a un anónimo ángel cibernético, tenemos acceso a casi 46 años de operaciones de un despacho, Mossack Fonseca, especializado en ocultar dinero a escala planetaria. Hablamos de nada menos que de 11,5 millones de documentos y 2,6 terabytes de información que reflejan las operaciones de las más de 250.000 sociedades pantalla puestas en pie por este bufete.

La Cloaca Máxima de hoy, hemos descubierto, se inicia en Panamá, continúa por las Islas Vírgenes Británicas y da la vuelta al mundo pasando por Hong Kong, Moscú, Kuala Lumpur, Luxemburgo, Sao Paulo y Buenos Aires, con un ramal en España. Los ingenieros etruscos que construyeron la primera versión de la cloaca romana, todavía visible hoy en su salida bajo el Puente Palatino, estarían orgullosos de cómo los ingenieros financieros de hoy han sabido completar su obra.

En la cloaca financiera descubrimos no solo a 12 jefes de Estado y de Gobierno en ejercicio sino hasta otros 72 que detentaron las máximas responsabilidades de Gobierno, junto con 200 políticos en ejercicio. Allí está el entorno del presidente Ruso, Vladimir Putin, un cruzado de la autoestima de Rusia. O del presidente chino, Xi Jinping, que había prometido una lucha contra la corrupción en la que caerían tanto los “tigres”, refiriéndose a los grandes jerarcas, como las “moscas”, esto es, los ciudadanos de a pie.

Pero no nos engañemos, en la Cloaca Máxima no hay solo dictadorzuelos corruptos y autócratas disfrazados de hombres de Estado sino demasiados demócratas y demasiadas democracias. Nos quejamos de que el capitalismo genera desigualdad. Pero solo por abajo. Porque por arriba, muy arriba, parece generar una identidad de intereses capaz de unir a las mafias dedicadas a las drogas con los políticos islandeses y a Corea del Norte con el padre de David Cameron. Eso sí, reconozcámoslo, mientras a este lado tenemos periódicos y agencias tributarias, en China, el presidente Xi bloquea las búsquedas en Internet del término “Panamá” y avisa a los medios de que su papel es “proteger” al Partido. Eso sí que es dominar las cloacas.

@jitorreblanca
 
 

domingo, 3 de abril de 2016

Y al final, el socialismo

Juan vivía con su hija como si no viviera, como si la muerte de su esposa le hubiera arrancado la vida sin otorgarle el descanso de la muerte.


UE la hija de Juan quien les animó con una sonrisa radiante.
 
–Me he enterado de que el spa que acaban de abrir en la plaza hace descuento para los jubilados –comentó mientras vaciaba el carro de la compra–. Hay piscinas de agua fría, caliente, cursos de natación… ¿Por qué no te apuntas con Pablo? A los dos os vendría muy bien hacer un poco de ejercicio.
Desde que se quedó viudo, Juan vivía con su hija como si no viviera, como si la muerte de su esposa, a la que había cuidado sin descanso durante una década, desde que tuvo un accidente vascular del que quedó malparada, le hubiera arrancado la vida sin otorgarle el descanso de la muerte. Pablo, el mejor amigo de toda su vida privada y pública, compañero de trabajo en la fábrica desde que ambos entraron de aprendices, compañero de militancia política y de lucha sindical, de comité de empresa, de mus, de dominó y de lo que hiciera falta, vivía plácidamente con su mujer. Los dos estaban bien de salud, pero él se aburría bastante. Ella no, porque asistía a un club de lectura los lunes, a clases de manualidades los martes, a aquagym el miércoles, a cocina los jueves… ¡Claro que sí, Juan!, por eso se entusiasmó tanto con la propuesta de su amigo, vamos a apuntarnos, anda. Mi señora no para en casa con todas esas cosas que hace y parece que se divierte mucho, así que, ¿por qué no vamos a divertirnos nosotros?
 
Juan no las tenía todas consigo, pero se dejó llevar. Se compró un bañador, un gorro, una toalla, unas chanclas y hasta una bolsa de deporte, porque desde que vivía con su hija no se gastaba ni la mitad de la pensión. El primer día estuvo a punto de rajarse porque le daba vergüenza quedarse desnudo en un vestuario y hasta estrenar cosas, a su edad, pero Pablo llamó al timbre a las diez y media de la mañana y, por la fuerza de la costumbre, se fue con él. Desde hacía cincuenta años siempre habían ido juntos a todas partes, y el spa de la plaza no podía ser una excepción, aunque lo primero que hizo la señorita que les atendió en la recepción fue separarlos.
 
En un despacho pequeño y luminoso, otra señorita con bata blanca, tan mona, tan joven, tan saludable como la que le había guiado hasta allí, apuntó en una ficha sus datos médicos, le auscultó, le pesó y le tomó la tensión. Pues vaya, pensó Juan, ni que esto fuera el centro de salud… Luego le tocó esperar un buen rato hasta que Pablo salió del despacho. Fueron juntos hasta el vestuario, se desnudaron entre otros hombres de su edad y, con el bañador puesto y las carnes colgando, fueron en fila india hasta la primera piscina.
 
La monitora de su grupo se llamaba Clara y era mucho más mona que sus colegas de la bata blanca, quizás porque llevaba un bañador de nadadora color burdeos que le sentaba como un guante. Vamos a empezar por el calentamiento, propuso. Les invitó a meterse en el agua, que estaba tibia, deliciosa, y empezó a mover los brazos, las piernas, ejecutando movimientos suaves, fáciles de seguir. Después de un cuarto de hora, les dejó diez minutos de relajación y Juan disfrutó todavía más chapoteando con Pablo como un chiquillo, pero eso fue sólo el principio. Tras el agua tibia, pasaron al agua fría, donde cada uno tenía que nadar por su propia calle bajo la vigilancia de otras monitoras, monísimas todas, que corregían sus errores con una sonrisa imperturbable, animándolos y aplaudiéndolos como si estuvieran preparándose para unos Juegos Olímpicos. Al salir de la piscina, Juan ya reconocía para sí mismo que no se lo había pasado tan bien en mucho tiempo. Por su gusto, habría seguido en el agua dos horas más, pero enseguida comprobaría que la tierra firme también podía ser placentera. Diez minutos de sauna, anunció Clara, y luego, veinte de baño turco, ya veréis qué bien nos sienta… ¡Ah!, le preguntó Pablo en un susurro, ¿pero ella va a entrar con nosotros? No entró, pero les explicó muy bien qué tenían que hacer, cómo alternar el calor seco y el húmedo, las duchas templadas y las frías. ¿Qué tal?, les preguntó al final. Maravilloso, contestó Juan, de verdad, estamos encantados, no sabría decirte qué me ha gustado más. Te lo digo yo, volvió a sonreír ella, lo que más te va a gustar es lo que viene ahora.
 
Y en la sala de masaje, tumbados en dos camillas contiguas, boca abajo, mientras la última remesa de señoritas monísimas, de nuevo con bata blanca, les estiraban las piernas, los pies, masajeándolos con la dosis exacta de firmeza, suavidad y una crema espesa y fresca que olía a menta, Pablo se volvió hacia él.

–Oye, Juan… ¿Y no será esto el socialismo?
 
 
Escritora nacida en Madrid en 1960. Estudió Historia y Geografía en la Universidad Complutense de Madrid y a los 29 años publicó su primera novela, ‘Las edades de Lulú’. Muchas de sus novelas se han convertido en películas. También ha escrito relatos y un libro infantil. En la actualidad es columnista en El País y contertulia en la cadena SER.
 
 
 
 

Un pacto a la aragonesa

Del mismo modo que hoy sabemos que la mayoría de los socialistas aprueba el pacto Sánchez-Rivera, desconocemos qué piensa de que el PSOE no quiera sentarse con el PP o de negociar con Podemos.

Seguí ayer con atención los discursos de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias ante los máximos órganos de sus partidos entre congresos y saqué de inmediato la conclusión de que el pacto entre ambos está lejos y habrá de superar barreras casi infranqueables. Ambos dedicaron una media hora para arengar a los suyos y dejar dos mensajes antagónicos. El líder socialista no está dispuesto a disolver su acuerdo con Ciudadanos y el de Podemos no contempla otra opción de alianza que no pase por un gobierno progresista excluyendo a la formación de Albert Rivera. Imposible vaticinar un final, pero mi percepción era de imposibilidad de un acuerdo rápido.
Sánchez e Iglesias solo coincidieron en su afán de hacer partícipe a la militancia de sus decisiones, convocando una consulta que refrende las negociaciones. Ahora bien, no está claro ni que sea necesaria ni que diera tiempo a organizarla si se apuran los plazos. Siempre quedará la duda de qué hubiera ocurrido si la pregunta a las bases hubiera sido formulada antes, es decir, a modo de autorización de la militancia para que los líderes iniciaran las conversaciones. Del mismo modo que hoy sabemos que la mayoría de los socialistas aprueba el pacto Sánchez-Rivera, desconocemos qué piensa de que el PSOE no quiera sentarse a hablar con el PP o de que haya que negociar, pelillos a la mar, con el líder de Podemos que a la mínima oportunidad dedica alguna soflama a la vieja militancia socialista.

EN ESTE proceso negociador incierto y, a fecha de hoy de resultado incierto, se ha apuntado un prohombre de la política aragonesa que puede jugar un papel determinante. Pablo Echenique, líder de Podemos en la comunidad, está llamado desde su nueva responsabilidad como secretario de Organización propuesto por Pablo Iglesias y refrendado por sus correligionarios a una alta encomienda. No solo tiene que sustituir a Íñigo Errejón, sino que ha de tender puentes en la cúpula de su partido para pacificar los choques internos y proyectar una imagen de unidad que se desvanecía. Cuando ayer Pablo Iglesias responsabilizaba a una parte de los medios de comunicación de exacerbar las diferencias internas de Podemos para debilitarlo como organización política no hacía más que echar balones fuera y desviar la atención. La designación de Echenique, tras el cese caciquil de su antecesor en el cargo, es el ejemplo más palmario de la existencia de esas tensiones y de la necesidad de una figura de consenso para atajarlas.
Echenique llega a Madrid con una notable hoja de servicios. Demostró en Aragón que es capaz de pactar con el PSOE manteniendo posiciones alejadas en temas sensibles, sin entrar en la gestión del Ejecutivo autonómico pero trasladando al parlamento buena parte de la acción política más significativa. Ahí está, como ejemplo, lo ocurrido en las últimas semanas con la partida económica para las comarcas y para el pago de la extra retenida a los funcionarios por el PP en el 2012. Podemos se plantó y no ha permitido a la DGA de Javier Lambán cumplir sus compromisos. Sin estar en el Gobierno, la formación violeta ha sido probablemente más influyente que ocupando alguna consejería.

POR ESTOS antecedentes, la figura de Echenique es clave. Ha entendido mejor que nadie que puede existir un "gobierno parlamentario" que acabe teniendo el mismo poder que el Ejecutivo propiamente dicho. En Aragón, Podemos lo ha demostrado, exprimiendo no solo los mecanismos de control, sino la capacidad de veto ante un Gobierno con una importante debilidad parlamentaria. Al mismo tiempo, el socialista Javier Lambán está demostrando a la ciudadanía y a su partido que la fórmula es posible, exprimiendo al máximo sus resultados y su capacidad real. El dirigente del PSOE aragonés es plenamente consciente de que solo tiene garantizados 21 votos (los 18 de su grupo parlamentario y los tres de una Chunta Aragonesista cada vez más subsidiaria del PSOE) en una Cámara con 67 representantes; es decir, menos de un tercio. Y sin embargo, la fórmula de gobierno parlamentario con Podemos le está permitiendo salvar con bastante eficiencia el inicio de la legislatura autonómica. Y parece que seguirá siendo así hasta que se ponga sobre la mesa algún asunto, como el hidráulico, donde las contradicciones entre PSOE y Podemos son tremendas.
Volviendo a los discursos pronunciados ayer por Sánchez y por Iglesias, yo solo veo una salida para que pueda darse un acuerdo, que no es otra que un pacto a la aragonesa. No a la valenciana, sino a la aragonesa. Con Podemos asumiendo que para desalojar a Mariano Rajoy hay que permitir al PSOE gobernar con el apoyo garantizado de un partido (Ciudadanos) para sobrevivir al día a día del PP y el control parlamentario férreo, y condicionador, del resto de la izquierda. Sinceramente, es la única vía que a estas alturas podría garantizar un gobierno de Pedro Sánchez que responda a la realidad ideológica y política que deparó el 20-D. Aparte de una fórmula para sacar del atolladero una legislatura corta y disruptiva pero intensa tras la cual la política española nunca volverá a ser lo que fue.
Jaime Armengol
El Articulo del domingo. El Periódico de Aragón

La isla de los viejos. REPORTAJE

  En Pariti, un pueblo boliviano rodeado por el lago Titicaca, se han quedado sin sacerdote, sin jóvenes y sin su medio de vida: la pesca.
 
 
Álex Ayala Ugarte
                         Antaño la pesca era la principal fuente de riqueza de la isla.

 

En la cara oeste de Pariti, una isla boliviana del tamaño de un gran asteroide rodeada por las aguas del lago Titicaca, una piedra vertical con un orificio apaisado decide el destino de sus habitantes. Leandro Callizaya, un campesino de labios arrugados y 63 años, dice que el que cruza sin dificultad a través de este agujero profético es bendecido con una salud de hierro, y cuando alguien fracasa al intentar traspasarlo “recibe el castigo de la Madre Tierra” y a veces se muere.
 
Algunos de los más longevos de la isla se enfrentaron a él con éxito en sus tiempos mozos y todavía se mueven por sus terrenos de labranza como si tuvieran la energía de un adolescente. Desde mediados de los noventa, sin embargo, el abandono juega en contra de sus habitantes, hombres y mujeres con las sandalias llenas de barro y el semblante serio. “La mayoría de los jóvenes se han marchado a ciudades como La Paz o El Alto para estudiar o buscar trabajo”, lamenta Gerardo Limachi, un tipo fornido de 49 años y pómulos pronunciados. “Antes manteníamos a nuestras familias gracias a la pesca: sacábamos entre 600 y 800 peces diarios, íbamos a las ferias de las poblaciones cercanas y hacíamos trueque. Ahora apenas conseguimos 40 o 50 y lo que ganamos no alcanza ni para fideo”.
En Pariti quedan 42 familias. En una década, calculan, no habrá ni un
solo alumno en la escuela

Todas las mañanas, a la hora en que los gallos cantan, los más madrugadores de Pariti ya están en sus botes de madera para lanzarse al agua. Son las 6.30, las primeras luces del alba cubren el lago con un manto violáceo y Limachi rema a través de un laberinto de plantas de totora mientras su pareja se encarga de recoger las redes. Los movimientos de su mujer son como los de un autómata que no se aburre de repetir los mismos gestos metro tras metro: primero jala, luego desenreda y finalmente deposita los pescados que quedaron atrapados sobre un plástico celeste.
 
Según Limachi, el aroma que les acompañaba antes era el del té caliente de sultana con el que les esperaban cuando regresaban a casa. Desde hace algún tiempo, sin embargo, el olor a basura y a huevo podrido a ratos es insoportable y algunos se enferman.
 
Los vertidos llegan a la bahía de Cohana a través de los ríos que pasan cerca de las empresas (fábricas de baterías, plásticos, textiles…) instaladas en los puntos más poblados del Altiplano y se han adueñado poco a poco de las áreas menos profundas del Titicaca. Según Donato Corani, un especialista en temas ambientales de 50 años, su superficie –de color verde esmeralda en algunas zonas por culpa de los desperdicios– se ha convertido en un basurero gigante en el que se acumulan metales pesados que ahuyentan a los peces. Corani dice que en la bahía uno puede hallar de todo: “Zapatos, llantas, hasta perros muertos”; calcula que hay 5.000 afectados por los desechos y cree que lugares como Pariti podrían desaparecer en 30 o 40 años: se están extinguiendo.
El nonagenario Eusebio Callizaya, uno de los más longevos de Pariti.



En la isla, antaño vivían en torno a 300 personas. Hoy apenas quedan 42 familias. Ya no hay ni siquiera sacerdote. El campo de fútbol casi siempre está vacío y más de una veintena de casas están habitadas solo por las arañas.
 
Antes del boom de la telefonía móvil, para entrar a Pariti había que encender una gran fogata en Quewaya, la población de enfrente; y cuando las llamas alcanzaban una altura considerable, casi siempre había un barquero disponible para recoger a los viajeros. Hoy son más los que salen de la isla que los que entran. Los herederos legítimos de Pariti se han ido a España, a Argentina o a las ciudades de La Paz y El Alto, y en sus calles lo habitual es cruzarse con gente mayor de 60 años que cuida vacas y habla en aimara. Pariti es una isla de viejos, una isla olvidada. El éxodo, según Limachi, es una historia que se repite constantemente, y los que se han ido, un triste recuerdo.
 
Eusebio Callizaya tiene 95 años, utiliza un bastón para sostenerse y asegura que, hasta mediados del siglo XX, Pariti era un paraje casi aislado dominado por los patrones. Según él, el primero que se instaló en la isla fue Pablo Pacheco, un hacendado que tenía un calabozo para castigar a los agricultores díscolos. Y el segundo, Martin Frantz, un alemán que compró la isla después de que Pacheco muriera ahogado en el lago. Los campesinos solían entregarles parte de sus cosechas y dependían de ellos, y no recobraron su independencia hasta después de la reforma agraria de los años cincuenta.
 
Callizaya, que camina despacio porque está mal de la vista, hace mucho que no comparte estos recuerdos con sus nietos porque ninguno de ellos vive en la isla. “Aquí no hay médico y cuando me indispongo recurro a los remedios naturales, como el hinojo o la hoja de coca. Me siento cansado. Ya quisiera morir”, dice en aimara, y luego se retira hacia su dormitorio con el cuerpo encorvado.
 
A Benita Tarque, otra vecina, la encontramos unos minutos después en una de las esquinas de la plaza. La anciana tiene 70 años, 5 hijos, 11 nietos y los ojos rojos, y lleva un tejido andino de colores fuertes ajustado a la espalda para transportar leña. Dice que solo uno de sus hijos decidió permanecer en Pariti y que le preocupa el resto.
 
Alejandra Mamani, de 93 años, tiene los pies hinchados y los cabellos largos. Sigue peinándose sola cada mañana con la ayuda de un simple cubo con agua. Y también carga una gran pena encima: dos de sus hijos yacen bajo tierra.
 
La isla está plagada de gente con canas que casi siempre habla de sus dos, tres, cuatro, cinco, seis o más nietos con un tono de ausencia. Probablemente, en algún momento, todo esto quedará desierto.
 
Los que se mueren suelen hacerlo en silencio: cierran los ojos, se les para el corazón y no despiertan al día siguiente; o se accidentan, están algunas semanas convalecientes y se van consumiendo como si fueran cigarros.
 
La hija menor de Gerardo Limachi asiste al colegio de lunes a viernes con una mochila con la forma de un oso panda. Su profesor, Marcelino Morales, tiene una camisa oscura y 56 años, y lleva ocho en la isla compartiendo sus conocimientos.
 
En el aula, el mobiliario es austero: hay dos bancas medianas de madera, una mesa, tizas usadas, una pizarra blanca con ejercicios de matemáticas y una pizarra negra en la que una niña trata de esbozar algunas sílabas: ma, mo, me, mi, mu.
 
Cuando Morales comenzó a dar clases había más de 30 alumnos. Ahora son solo tres y el maestro piensa que en menos de una década no habrá ni uno.
 
Paradójicamente, el sector del lago en el que nos encontramos es conocido en aimara como Wiñaymarka, que en castellano quiere decir “pueblo eterno”.
 
elpaissemanal@elpais.es

EL PERIÓDICO entra en Guantánamo

 El enviado especial de este diario visita durante 30 horas el penal estadounidense donde quedan todavía 91 presos en sus tres módulos abiertos

El Pentágono trata de lavar la imagen de la prisión que Amnistía definió como el "gulag de nuestro tiempo"

 
 
En su ‘Diario de Guantánamo’, el mauritano Mohamedou Ould Slahi cuenta como lo trasladaron hasta la prisión cubana desde Afganistán encadenado al asiento del avión, con una máscara que apenas le dejaba respirar y una gafas que le nublaban la vista. Nada que ver con los viajes que organiza el Pentágono para la prensa. Los vuelos salen desde la terminal del aeropuerto de Miami reservada para los aviones privados. Hay café y palomitas en la sala de espera. Las azafatas latinas salsean sobre pasajeros ilustres como Jennifer López y Marc Anthony. Y nadie revisa el equipaje de los periodistas o les pide el pasaporte. Acompañados por varios militares encantadores, se van al Caribe en una avioneta con asientos mullidos de cuero.
 
 
Bienvenido a Guantánamo”. Tras dos horas y media de vuelo y una breve travesía en barco, un grupo de oficiales recibe a la comitiva. Les esperan 30 horas de 'tour' minuciosamente preparado por el Pentágono para demostrar el trato “seguro, humano, legal y transparente” que se dispensa a los 91 detenidos que quedan en el centro de detención 14 años después de su apertura. Desde el principio queda claro que el Ejército no está contento con la reputación del penal, definido en su día como “el gulag de nuestro tiempo” por Amnistía Internacional. “Me gustaría cambiar la retórica que utilizan habitualmente los medios y los intereses especiales para impugnar y denigrar el profesionalismo de los guardas y el resto de fuerzas”, dice el almirante Peter Clarke, al mando desde hace cuatro meses.
 
Para el visitante, Guantánamo es un lugar desconcertante. La prisión ocupa un espacio ínfimo de los 120 kilómetros cuadrados de la base militar, donde viven unas 4.000 personas entre militares y contratistas, muchos de ellos jamaicanos y filipinos, que se encargan de las labores más ingratas. Lejos de las alambradas de la prisión, la vida es soleada y apacible, un calco urbanístico de cualquier suburbio americano. Hay un cine al aire libre con películas de estreno. Un campo de golf con vistas al mar, un McDonalds, una bolera y un pub irlandés donde se puede ver el béisbol o la liga española. Un cartel a la entrada, anuncia “la virtud del día: la integridad”.
 

LOS EXCESOS DE LA GUERRA CONTRA EL TERROR

Es fácil olvidar durante la visita la historia de este vestigio de la “guerra contra el terrorismo” de Bush y sus halcones, cuyos errores en cadena y sus excesos nunca juzgados se están pagando ahora. En su momento de máxima ocupación llegó a tener 683 detenidos y fue un polvorín de desesperación, con huelgas de hambre masivas, suicidios de presos (al menos tres se ahorcaron en sus celdas) y el terror kafkiano --todavía vivo-- de saberse encerrado indefinidamente sin cargos ni juicio a la vista. Solo siete detenidos han sido condenados por los tribunales militares y otros seis están siendo juzgados, incluido el autoproclamado cerebro de los atentados del 11-S, Jalid Sheij Mohammed.
 
“La mayoría de los militares al frente de Guantánamo no tiene experiencia en gestionar una prisión. Se limitan a dar órdenes, por eso es un lugar donde la confrontación es permanente”, asegura el abogado Clive Stanford Smith, que ha sacado a más de 80 presos del penal. Los oficiales insisten, sin embargo, en que esta es una de las épocas más tranquilas porque quedan pocos presos y hay cierto “optimismo” debido a las prisas de Obama para vaciar la prisión y cerrarla antes de que concluya su mandato.
 


 
Pero también influyen los cambios que hizo el alguacil al tomar el mando hace casi dos años. “Cuando yo llegué había muy poca tolerancia hacia aquellos que tenían un mal día. Cualquier incumplimiento de las reglas resultaba en un castigo disciplinario y un traslado potencial desde un bloque comunal a una celda individual”, asegura el coronel David Heath. Los detenidos no son necesariamente ovejas mansas. Los guardas han sufrido “más de 300 asaltos” en dos años, un concepto que incluye escupitajos, mordiscos, golpes o amenazas.

 
En Guantánamo quedan tres módulos abiertos, pero la prensa solo tiene acceso al Campo 6, donde vive la mayoría de presos, los que cumplen con las reglas. Todos son hombres, todos musulmanes. Duermen en celdas de hormigón con un váter y un lavabo, una pequeña mesa, utensilios de aseo, una alfombra para rezar, papel para escribir o unos auriculares para ver la televisión.Una vez al mes pueden hablar con sus familias por Skype.

 


 
En los espacios comunales, donde muchos pasan la mayor parte del día, un preso mira la televisión y otro lee en una mesa atiborrada de bolsas de comida bajo una luz amarillenta. En otro bloque, un hombre de barba oscura, vestido con un pijama caqui, habla solo y levanta los brazos como si declamara ante un auditorio. Recorre el bloque a zancadas rápidas de un lado al otra. Da una vuelta. Otra. Parece uno de esos animales del zoo que peinan el perímetro de la jaula como autómatas. Al fondo aparece otro hombre con barba. Se mueve a cámara lenta. Los dos se ignoran.

 

 

CURSOS, LIBROS, PRENSA

Para quienes se portan bien, hay incentivos: cursos de informática, idiomas, gestión empresarial o de pintura. La biblioteca tiene 34.000 libros, películas, cómics y videojuegos. Lo más popular son las novelas de Harry Potter y las revistas de National Geographic. También se puede leer en español ‘El Quijote’ o ‘La piel del tambor’ (Pérez Reverte). Y para informarse hay dos periódicos, 'Asharq al Awsar', propiedad de un miembro de la familia real saudí, y 'Al Quds' al Arabi, panarabista y propiedad de expatriados palestinos. Todo el material se revisa antes para asegurarse de que no contiene propaganda yihadista, violencia gráfica o desnudos.
 
Al llegar a la clínica, las iguanas campan a sus anchas en la puerta. “Son residentes de la prisión, pero ellas pueden entrar y salir cuando quieran”, dice un soldado con humor negro. El doctor Richard Qualtrone no quiere especificar cuántos detenidos reciben medicación para la depresión, la ansiedad o las tendencias suicidas. “Ahora son menos del 10%”. Alegando “motivos de privacidad”, tampoco quiere hablar del caso de Tareq Ba Odah, un yemení de 36 años que lleva ocho años en huelga de hambre para protestar por su detención indefinida. Alimentado a la fuerza con un tubo por la nariz, Ba Odah pesa solo 33 kilos, según su abogado, tiene desde hace años permiso de las agencias de seguridad estadounidenses para ser transferido. Una situación que comparten otros 36 detenidos.
 


 
La prensa no puede entrar en el Campo 5 ni en el 7. En el primero están los presos que cumplen castigos disciplinarios (“uno”) o que han decidido vivir en aislamiento por motu propio (“24”). En el segundo viven teóricamente los 15 detenidos de “alto valor” que quedan en Guantánamo, incluidos los cinco responsables que quedan del 11-S.
 
Como todas las prisiones, Guantánamo es un lugar opresivo y deprimente. La diferencia es que a más del 90% de los que han pasado por aquí no se les ha juzgado. La gran mayoría fueron capturados por actores de dudosa reputación como el Ejército paquistaní o la Alianza del Norte y entregados a EEUU a cambio de recompensas que oscilaron entre los 3.000 y 20.000 dólares. Pese a todo, los militares insisten en que todos los que siguen en el penal “han hecho algo para estar allí”. ¿Por qué entonces no se les ha podido acusar? ¿Se cometieron errores con algunos presos? “Es una buena pregunta, pero no soy yo quien tiene que responderla”, dice el coronel Heath. “Las decisiones de quién fue enviado aquí y porqué fueron políticas”.

El Periódico.